La Mariposa

La amarilla mariposa sobrevolaba tus pupilas, mientras observaba atónita el paisaje rocoso de tus pecas. Una sonrisa cómplice le hizo bajar a tu boca y darte un beso con alas temerosas. Quería bailar al son de tu pelo fuerte y pensaba que era un bonito lugar para quedarse. Más tarde, se sorprendió y descubrió tu ombligo, un hueco desde donde poder ver siempre el vértice de tu alma. Esconderse no podía, quería brillar y desplegar su luz. Siguió destapando partes de tu cuerpo, saboreándolo como un elixir, camino hacia el éxtasis. Tus movimientos zarandeaban su vuelo con brisas campestres, exprimiendo los momentos, ya inertes en su memoria. Mariposa, mariposa, vuelta muy alto.

G.

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